Un paseo por Pyong Yang

Abordemos el siglo XXI con el orgullo
de haber construido un gran país
Cartel de propaganda en las calles de Pyong Yang

Cuando Guy Delisle llega al aeropuerto de Pyong Yang y es recibido por su guía norcoreano recibe de él un ramo de flores, Deslile ya ha sido informado sobre el asunto, sabe que las flores no son para él sino para ser llevadas a los pies de la enorme estatua de 22 metros de bronce que Kin Il-Sung, el eterno presidente que aún gobierna después de muerto, el amadísimo líder del pueblo de Corea del Norte.

Ese es uno de los episodios con que empieza este reportaje en historieta de dos meses de estadía en la ciudad de Pyong Yang. Guy Delisle, viaja a la capital de Corea del Norte para supervisar el trabajo de una compañía de animación, subcontratada por un canal de televisión francés, para hacer lo que podríamos llamar el trabajo de maquila de los dibujos animados. Pero lo que sería una visita normal de supervisión de un empresa extranjera se convierte para Delisle en un viaje a un lugar completamente desconocido, un país que vive en el ostracismo, con una sociedad severamente jerarquizada, basada en el culto al presidente eterno Kin Il-Sung y a su hijo, el actual gobernante, Kim Jon-Il, con una sociedad que sufre una recia censura, con unos gobernados que parecen zombies y en donde todo parece perfecto y limpio en la superficie pero oscuro y controlado en su interior.

Lo que hace Guy Delisle en este reportaje en historieta, titulado Pyong Yang, A Journey in North Corea (Drawn & Quaterly Books, Montreal, 2007), es su visión “capitalista”, de dos meses de estadía, en el centro de un régimen de tipo estalinista. La ciudad es una sola propaganda pro régimen, las vallas, los monumentos y las estatuas a los lideres son los únicos que tienen alumbrado público; todos los ciudadanos, so pena de ser considerados espías, llevan insignias de los lideres en el pecho de sus chaquetas; las figuras del presidente eterno y de su hijo, el iluminado y actual gobernante, adornaran la pared de cada uno de los recintos cerrados de cada edificio que Delisle visita; el ambiente marcial es omnipresente “oyéndoles, la guerra terminó la semana pasada y volverá a empezar cualquier día”, afirma Delisle cuando habla con su traductor, uno de los pocos contactos con norcoreanos que le es permitido tener durante su estadía. Con seis días de trabajo durante la semana, un día de voluntariado y preparaciones para grandes acontecimientos, parece no haber tiempo libre ni de ocio entre los habitantes, el estudio de los dibujantes, al que Delisle supervisa, tiene en una esquina una colección de fusiles de madera pues es obligación para los empleados entrenar en maniobras militares, durante la mañana, antes de entrar a trabajar en la maquila de dibujos animados.

Delisle describe una sociedad que parece de otro mundo, una ciudad marciana sin contacto con el exterior más allá de las ayudas humanitarias de las ONG´s, de los negocios de armas, y de trabajos subcontratados por empresas de Occidente. El autor se toma el trabajo de recopilar experiencias de su estadía en esos dos meses, de llevar un diario de apuntes y de bosquejar monumentos, plazas, museos, calles, hoteles y parques para luego entregarnos una visión propia, en historieta, de esa extraña e inquietante sociedad. Los dibujos del canadiense Guy Delisle son de una gratificante simplicidad que explican y describen muy bien la atmósfera de Pyong Yang, sus trazos son en lápiz, no entinta sus dibujos, lo que hace parecer que Delisle describe todo con sus dibujos de manera muy natural, da la sensación de mucha sinceridad en su relato, un asunto que se agradece pues esa claridad contrasta con las increíbles historias que componen su reportaje.

Como un artilugio pensado para la ocasión Delisle decide releer 1984, de George Orwell, en su estadía en Pyong Yang. Hay entonces un paralelo claro entre lo que contaba Orwell en su novela de 1948 y el régimen norcoreano de más de sesenta años de existencia: sólo existe un canal de televisión, pero los domingos se premia a la población con una canal más; lo mismo sucede con la radio, que a pesar de tener varias frecuencias siempre parece estar transmitiendo la misma emisora; la electricidad es un privilegio para pocos, los extranjeros y la cúpula de la dirigencia; no hay minusválidos en Corea del Norte, porque como le dice el traductor a Delisle: “Todos los norcoreanos nacen fuertes, inteligentes y saludables”, un prueba más del dominio y vigilancia del Gran Hermano.

Este es quizás el mejor documental que se ha hecho sobre Corea del Norte, y se trata de una historieta. Y no es un logro aislado de Guy Delisle, quien también ha publicado otros reportajes en cómic como Shenzhen, en China, sobre todo en Hong Kong, o Crónicas Birmanas, en el sureste asiático, específicamente dentro del régimen dictatorial de Birmania. Pero probablemente Pyong Yang sea su obra más celebrada hasta el momento por la inverosimilitud de lo que sucede allí y, sobre todo, porque es un título que nos ayuda a entender un poco más acerca de esta sociedad casi extraterrestre que, a pesar de nuestra visión “capitalista”, parece que conocemos más que los mismos norcoreanos, como afirma el mismo Delisle: “Se aprende más sobre el país estando en el exterior que en el interior. Aquí, la gente ni siquiera conoce la existencia de los hijos de su dirigente”.

Álvaro Vélez. Publicado por la Revista Universidad de Antioquia (edición 300, Medellín, abr-jun, 2010).