




Enero de 2010
Querido Diario:
Un tema con muchos rones encima es este.
Y este otro, de Kings of convenience en las playas Ipanema.
30 de enero de 2010
Todavía...
Truchafrita: ¿No te parece increíble que aún existan las corridas de toros?
Chimpandolfo: No.
Truchafrita: Cómo así que no. Si se trata de un espectáculo absurdo.
Chimpandolfo: Con eso estoy de acuerdo, aunque no me parece extraño que aún haya gente que vaya a semejante estulticia. Es una tradición que viene desde la colonia, uno más de esos regalitos de la madre patria, además una sociedad como la nuestra (me refiero a la casi totalidad del globo terráqueo, aunque en muchos lugares no se aplauda la tauromaquia pero sí tienen espectáculos similares) no es para nada raro que se celebre la muerte, la sangre, el terror en un espectáculo, acordáte del circo romano.
Truchafrita: Pero eso no es ninguna justificación.
Chimpandolfo: Claro que no, esa vaina no tiene justificación, pero mirando la tradición que tiene este espectáculo de mierda pues es muy difícil de que se pueda acabar pronto. Ojalá se acabara ese asunto y de paso convertir la plaza de toros de La Macarena* en un centro de verdaderos espectáculos artísticos.
Truchafrita: Vaya, empezamos el año bien: ambos de acuerdo.
Chimpandolfo: Sí, pero yo siempre tengo mejores argumentos que vos.
Truchafrita: La tenías que cagar…
PD: ¿Ya compraste algún fanzine de la Editorial Robot? Para eso los hago, para que vos los leás y los atesorés con cariño.
29 de enero de 2010
Querido Diario:
Mi mamá, que está de vacaciones en Colombia, como cada fin de año y comienzo de otro, viajó hace unos días a Cartago (en el departamento del Valle del Cauca). A su regreso se trajo varias cosas: pescado, manjar blanco, mangos, y tambien entre las cosas que trajo habían mamoncillos. Se los regalaron en la finca en donde estuvo, en Cartago, pero trajo muy poquitos porque a ella no le gustan casi los mamoncillos, lastima porque a mí me encantan. "Te hubieras traído un costalado de esa vaina" le dije, pero me resigné a los pocos que trajo y dos días después de su llegada de Cartago aún estoy mamando del mamoncillo.
Qué frutica tan deliciosa es el mamoncillo, por lo menos a mí me lo parece. Además tiene una particularidad especial para mí, me recuerda mi época de estudiante en la escuela primaria cuando salía de clase, hacía casa, chupando mamoncillos que compraba a la salida de la escuela. No sé por qué, pero cada vez que abro un mamoncillo, lo chupo y lo acabo me acuerdo del mismo ritual pero hace ya muchos años en la escuela primaria. Bueno, lo mismo me sucede con los corozos, pero de esos si no hay hoy, tendré que ir a buscar unos "coquitos" también porque los mamoncillos ya están a punto de acabarse.
Adiú.
PD1: un costalado, es un montón de mamoncillos, por ahí unos diez o veinte kilos (por lo menos eso es lo que yo calculo que es un costalado de mamoncillos, los mismos que debió traer mi mamá pero no trajo porque le dio pena...).
PD2: al corozo también se le dice "coquito" (porque de hecho es un coco pero pequeñito).
21 de enero de 2010
Del deber de la desobediencia civil
No he pagado impuesto de de capitación durante seis años, hecho que en una ocasión me llevó a la celda por una noche; y mientras contemplaba los muros de sólida roca y unos cuatro o cinco palmos de grosor, la puerta de madera y hierro de un palmo y medio de grueso y la reja que tamizaba la luz, no pude menos que asombrarme de la estupidez de aquella institución que me trataba como si yo fuera sino mera carne, sangre y huesos que encerrar. Me hice cruces de que a la postre hubiera concluido de que era ese, precisamente, el mejor empleo que podía darme y de que no hubiera pensado en hacer uso de mis servicios de alguna otra forma. Vi que si había una pared de piedra entre mis conciudadanos y yo, se antepondría otra, más difícil de romper o de salvar, antes de que pudieran llegar a ser tan libres como yo. En momento alguno me sentí confinado, y aquellos muros me parecieron un mal gasto de piedras y mortero. Me sentí como si hubiera sido el único entre mis ciudadanos que hubiera pagado su tributo. Llanamente, no sabían como tratarme, sino que se comportaban como personas mal educadas. En cada amenaza en cada cumplido saltaba el desatino; pues creían que mi mayor deseo era el hallarme del otro lado del muro. Y no podía dejar de sonreírme al ver con que diligencia me cerraban la puerta cuando me enfrascaba en mis meditaciones, que los seguían afuera sin problema ni dificultad. Como no podía llegar a mí , habían resuelto castigar mi cuerpo, igual que los muchachos que, si no pueden vérsela con una persona contra la que guardan algún agravio, atacan a su perro. Vi que el Estado era de pocas luces, temeroso como mujer aislada con su cubertería de plata, y que no era capaz de distinguir amigo de enemigo, de manera que le perdí el resto del respeto que aún me quedaba y le complací.
Henry David Thoreau. Del deber de la desobediencia civil. Editorial Pi. Medellín, 2008. págs. 33, 34.
19 de enero de 2010
¿Por qué no se van?
Es lo me he estado preguntando durante estos días, por qué no se van a vacaciones. Hace unos diez o quince años uno podía salir, durante estas fechas, al centro de la ciudad y encontrarlo deliciosamente vacío, sin tumultos, sin filas, sin tanta gente de aquí para allá porque a todos, en estas fechas les picaba la gana de salir a la costa, a los sitios turísticos colombianos o del exterior. Pero ahora las cosas son diferentes.
Las noticias en prensa y televisión anuncian un aumento en el turismo interno del país, pero en la ciudad de Medellín parece que permanece el mismo tumulto de gente (quizás cada vez más a medida que pasan los años). Esa ciudad vacía de principios del año es tan sólo un recuerdo más de lo bueno que era antes y lo malucas que se van poniendo las cosas cada vez que el presente se come más años que el futuro tenía reservados (bueno, eso de que "todo tiempo pasado fue mejor" no aplica necesariamente a todo, pero en este caso especifico yo sí me quedo con el pasado).
Pueden haber varias razones por las cuales la ciudad ya no queda desolada durante la primera semana del año: puede ser que lo cacareado por la prensa, la radio y la televisión oficial, eso de que el turismo ha aumentado (gracias, según ellos, a que ya casi no hay secuestros de las FARC y que el Ejército y la Policía Nacional protegen las carreteras) puede ser puro cuento, esa típica demagogia de derecha de que "todo está bien" y de "vamos mejorando". Pero supongamos que de hecho la gente sí está saliendo, en tropel, de las ciudades con rumbo a los sitios de vacación (a la playa, a los parques naturales, a peregrinaciones religiosas y a todas esas cagondeces aburridoras, que no hacen más que llenar esas playas paradisíacas, esos templos y esa naturaleza virgen de individuos que van de aquí para allá gastando lo ahorrado en mercachifles y llenando todo de basura, sobre todo los parques naturales), y si están saliendo entonces ¿por qué hay aún tanta gente en Medellín?
Una explicación puede ser que como Medellín se volvió también sitio turístico a nivel nacional (algunos optimistas hablan de la internacionalización de este pueblo, queriéndonos hacer creer que aquí hay mucho atractivo para el turista extranjero, fuera de conseguir putas y drogas más baratas) entonces por eso es que la ciudad ya no se encuentra vacía ni siquiera la primera semana del año. Ahora, puede que el turismo nacional sea un eufemismo, al mejor estilo del doptor José Obdulio Gaviria, o mejor, como la mente retorcida de este personajillo de la vida política nacional nos quiere hacer creer a todos que el desplazado es un simple migrante económico, cuando realmente se trata de gente que durante años, o décadas, ha estado viniendo a Medellín simplemente por desplazamiento forzado gracias a la guerra civil, que se ha recrudecido en Colombia desde hace poco más de una década (aunque Obdulio Gaviria, y su camarilla de intelectuales, niegue también el conflicto interno en Colombia). Esa es una razón muy valida entonces para que Medellín permanezca rebozada de multitudes, durante todo el año, y que ni siquiera en la primera semana del año pueda tener un respiro gracias a las vacaciones que hacen algunos, el desplazamiento de las últimas dos décadas ha creado en las grandes ciudades de Locombia unos cinturones de miseria que no tienen comparación con los que se formaron en la década de 1960 y 1970 en todas las ciudades latinoamericanas (para esos sitios de miseria también se hacen planes turísticos en Medellín, es que nosotros aprovechamos todo...).
La otra razón por la cual Medellín está llena de gente, y no tiene por donde evacuarse, va unida con la razón anterior: el desplazamiento lleva a la miseria, la miseria y la pobreza a la ignorancia, la ignorancia al atrevimiento, el atrevimiento a la cama, la cama a los hijos. Y no son uno o dos hijos, sino tres, cuatro, seis, ocho, diez, en los cinturones de miseria de la ciudad (¡Hasta los ricos tienen hijos!), y la Iglesia Católica y las elites conservadoras, y los conservadores pobres y de clase media, avalan y promueven semejante despropósito, prohibiendo, alzando voces a su "dios" para que no permita que en Medellín hayan clínicas que practiquen el aborto en los tres casos avalados por la Corte Constitucional (Violación, malformación del feto, peligro para la madre), para que no se permita tampoco el uso del condón, un elemento sencillo y fácil de usar que no sólo previene enfermedades de transmisión sexual sino que también evita que una niña de quince años se cague la vida porque se quiso acostar con el novio (quien sólo duró un minutico encima de la niña antes de acabarse adentro, y sin condón...). Hasta el mismísimo rey de reyes, Uribe II, promueve la castidad con una actitud del medioevo según la cual hay que aguantarse las ganas hasta el matrimonio. El resultado entonces es obvio, tanta gente desplazada, por la guerra civil, pariendo hijos por montón (aquí, como digo, no es sólo de uso exclusivo de los pobres y miserables), hace que una ciudad como Medellín, que ya no tiene espacio para crecer más, desde el punto de vista urbanístico, se vea colmada de seres humanos que durante esta primera semana del año, que era una absoluta delicia para quienes como yo no vamos de vacaciones a ninguna parte, se llene de filas, de trancones, de tumultos por todos lados, cuando se va a cine, cuando se quiere comer fuera, cuando simplemente se quiere caminar o tomarme unos tragos... Y ni riesgos de ir de vacaciones, los sitios turísticos están llenos de mucha más gente, y gente que en su mayoría es más maluca: turistas, esos mismos que arrasan con el sitio que visitan, le quitan la energía a los nativos y dejan todo lleno de basura (bueno, dirán algunos, el turismo es generador de empleo...).
Así que una petición más, por enésima vez: ya que es imposible parar el desplazamiento, porque la guerra le conviene a algunos (a esos mismos que la dirigen, a la oficialidad del Ejército y la Policía, a la comandancia de las FARC y del paramilitarismo, a los capos del narcotráfico y a la alta burocracia del país), por lo menos aboguemos para que la gente deje de parir tanto, más de lo que puede sostener una ciudad (voy a ser laxo: por lo menos un hijo por familia y así todos contentos).
Chao, me voy a hacer fila a la entrada de un cine...
5 de enero de 2010

