Otro olvidado cómic colombiano

Dentro de la muy escasa producción de cómic colombiano –en donde cada ejemplo parece más bien una curiosidad, una anécdota– existe una historieta a mitad de camino entre el comic book o cómic por entregas y la novela gráfica: La tomata de la embajada, de Jorge Duarte. De entrada se advierte, en el texto introductorio de la historieta, la poca repercusión de la narración dibujada en nuestro país, al mismo tiempo que se pregunta el por qué la manifestación no ha calado en el ambiente colombiano cuando hay ejemplos claros en otras latitudes latinoamericanas, como en México o en Argentina, y finalmente se habla de La tomata de la embajada, la historieta en cuestión, como “el primer cómic nacional en que se mezcla la sátira política y la acción de un tema libre alrededor de un acontecimiento verdadero”.

Es ese un resumen acertado de lo que es la obra de Jorge Duarte: una historieta basada en los acontecimientos que se desarrollaron durante la toma de la embajada de la Republica Dominicana por parte del grupo guerrillero M19, el 27 de febrero de 1980 (el cómic de Duarte está datado en 1981); esto adosado a una versión que podríamos llamar libre del autor, además de una serie de gags humorísticos que, hay que decirlo, no son tan acertados. Así pues iniciamos la aventura de La tomata de la embajada y el autor nos sitúa primero en el acontecer económico, político y social de Colombia a principios de la década de los ochenta: inseguridad en las calles, especulación por parte de los negociantes (de la leche en este caso), la indigencia, la falta de una educación de calidad y la desnutrición infantil, las protestas de los trabajadores y la represión del gobierno de Turbay Ayala, la indiferencia de los políticos y su afán por el lucro propio, la inoperancia del sistema de salud, la explotación y la indigencia en los sectores rurales, todo tratado por Duarte con un tono irónico en donde las cosas parecen marchar bien mientras que por dentro el castillo se derrumba por pedazos. Luego de tan pormenorizada y desgarrada introducción al acontecer nacional, al país real, nos ubicamos entonces en la recepción hecha por el embajador de la Republica Dominicana a varios de sus iguales en la capital colombiana; la pronta incursión de los guerrilleros del M19 en la casa de la embajada, después de camuflarse como simples jugadores de futbol; y, finalmente, la toma como tal de la embajada, en donde conoceremos desde el misterioso Comandante Uno, hasta el paranoico embajador de Uruguay, pasando por la también enigmática guerrillera del M19, la segunda al mando en la toma de la embajada, conocida como “Chiqui”, el muy revolucionario embajador de México, el parsimonioso nuncio apostólico, representante del Vaticano, y el apetecible embajador de los Estados Unidos.

Desafortunadamente, lo que podría haber sido una obra relevante, no dentro del ya mencionado y escaso cómic nacional sino dentro de la historieta latinoamericana, pasa desapercibida por el tratamiento que Duarte le da a la historieta, ese intento de seguir la historia real pero con un buena carga de fantasía hace que el acontecimiento histórico pierda peso porque las concesiones de libertad narrativa que se da son muy deficientes: convertir al embajador de los Estados Unidos en un superhéroe (Super Sam) o darle a la comandante “Chiqui” un aire de sex symbol criolla en donde todos parecen seducidos por su encanto (en especial el embajador de México). Pero lo que realmente molesta de la historieta de Duarte son sus innumerables gags humorísticos típicos de una revista de Condorito y que aquí no pintan nada, le restan seriedad al acontecimiento que esta narrando al mismo tiempo que, en muchos casos, se pierde incluso la continuidad en el relato por darle entrada a un insulso chistecito de caricaturas de colegio. De todas formas, aunque La tomata de la embajada no es una obra muy relevante, además de contar como curiosidad o anécdota de la poca historieta nacional, también tiene algunos arranques que, más que geniales, por lo menos son interesantes: el grupo de negociadores del gobierno son un par de títeres a los que hay que aplicarles cuerda cada vez que la negociación parece estancarse; el alto gobierno es toda una galería de monstruos en donde el presidente Turbay Ayala parece no inmutarse ante los acontecimientos pues en cada reunión ni gesticula ni articula palabra alguna ante la admiración de sus subalternos: “admiro su serenidad señor presidente”, le dice uno del los presente al alto dignatario, una viñeta después el presidente cae como madero al piso en un gag que se repite unas tres veces en todo el cómic; la figura de momia del expresidente López Michelsen y la excepcional figura de Álvaro Gómez Hurtado como Drácula, quien se pasea por las reuniones del alto gobierno como Pedro por su casa. Dice el doctor Gómez “Drácula” Hurtado, en su primera intervención en la reunión de alto gobierno para frenar la toma de la embajada: “¡La larga experiencia de nuestro gobierno compartido, nos ha demostrado, que la mejor táctica para rebatir los problemas del Estado es no afrontarlos!” Más adelante un funcionario le pregunta al doctor Gómez “Nosferatu” Hurtado: “¡Es usted un genio doctor Gómez, no me explico porque no es usted el primer magistrado de Locombia!”, a lo que el conde Gómez Hurtado responde: “¡Vamos Hugo, usted sabe que no tengo necesidad!”. Luego de esta respuesta el doctor Gómez Hurtado se retira de la sala de alto gobierno en medio de truenos, centellas, vampiros y un risa macabra que deja en el estupor, entre el miedo y la admiración, a quienes presiden la reunión.

El cómic de Jorge Duarte termina como termina la verdadera historia de la toma de la embajada de la Republica Dominicana: un avión hasta La Habanna, cargando al comando guerrillero y parte de los rehenes. En el cómic un chiste más al final y un intento más por hacer buenas historietas en Colombia. A final del comic book una biografía del autor que parece más un lloriqueo por lo que ha querido hacer y no lo han dejado (porque no lo patrocinan, se supone), además de un aliciente para los lectores enganchados: la promesa de tres historietas más que pronto saldrán al mercado: El enajenante mundo de la publicidad; Super Sam en el tercer mundo, una serie salida de La tomata de la embajada, cuyo protagonista es, por supuesto, el embajador de los Estados Unidos convertido en superhéroe y Los cachacos, la disparatada biografía de una clase en vía de extinción. Todos títulos de los que no se conoce, hasta el momento, sino la mención y que más de veinticinco años después o bien aún están en proceso de desarrollo o definitivamente olvidados en la cabeza de su autor. Por el bien del cómic nacional y por su continuidad esperemos que se trate, en todos los casos, de la primera razón.

Álvaro Vélez. Publicado por la Revista Universidad de Antioquia (edición 290, Medellín, oct-dic, 2007).