

Agosto de 2010
Querido Diario:
Desde hace un poco más de dos semanas no dibujo nada, bueno por lo menos nada que valga la pena, sólo dibujitos sueltos aquí y allá. Para esto tengo varias justificaciones, la primera es que desde hace tres fines de semana me enfermé de una gripa que no me permitió trabajar durante unos cinco o seis días; después, en el fin de semana de hace ocho días, volví a enfermar pero de otra cosa y pasé acostado casi tres días; además, para acabar de ajustar, la semana pasada estuve todos los días fuera de casa porque estuve trabajando en un Festival de Cine, y si le sumo que dicte clase también pues entonces sólo llegaba a casa a ver televisión y a dormir.
Bueno, el hecho de que me justifique tiene que ver más con la maldita conciencia que me dice que no he hecho un culo en más de quince días, esto me duele como un putas porque desde hace ya muchos años tengo un tren de trabajo constante que, entre otras cosas, ha permitido que publique con cierta regularidad (no tanto en este sitio web, pero si en publicaciones de papel como Cuadernos Gran Jefe y otras revistas de amiguetes o conocidos), además necesito estar trabajando constantemente porque tengo muchos cómics pendientes y me demoro mucho en hacerlos (porque soy lento, no tengo otra razón). Ahora, el asunto que más molesta de todo esto es que ahora mismo puedo ponerme a dibujar pero parece ser que la inconstancia de las últimas semanas me han dejado con algo de pereza a la hora de abordar las historietas que tengo pendientes. Además, y lo que es más grave aún, parece que sufro de eso que algunos llaman crisis creativa, no porque esté bloqueado, o no tenga historias para dibujar, todo lo contrario porque lo que sucede es que siento que parte de lo que he hecho hasta el momento ya toca replantearlo, ir por otros caminos, recorrer otras vertientes... En fin, creo que de todas formas no se trata de algo muy grave o critico, simplemente (y espero que así sea) se trata de volver a tomar los lápices para, una vez más, a entrar en la deliciosa rutina de dibujar historietas, mejor dicho se trata de algo de enjundia, de perrengue que llaman (o de voluntad, que viene a ser un sinónimo de lo anterior y que lo uso para bajarle al todo dramático y ceremonioso de eso que llame más arriba “crisis creativa”).
A mí me encanta tener una rutina, me molestan las situaciones sorpresa o que no he planeado, quizás tenga un dejo de autismo en ese sentido. Pero si algo me gusta más que tener una rutina solamente es que esté acompañada de dibujar historietas, por eso me siento un poco perdido ahora que no recupero la costumbre de dibujar. Espero que vuelva (en unos minutos, hoy mismo, o mañana martes), de todas maneras por ahí dicen que es bueno tener, de vez en cuando, un alto en el camino para mirar por donde se está caminando.
Hasta pronto.
PD: Dentro de unos veinte días voy a Bogotá a un evento que me invitaron sobre fanzines (en el Museo de Arte Moderno). En unos días te cuento de que se trata y en que voy a participar, por si vives en la capital, te gustan mis cómics y estás interesado en mis publicaciones (aunque sean las que son gratis, como la gacetilla robot).
30 de agosto de 2010
Querido Diario:
La semana pasada tomé un bus para regresar a mi casa, después de hacer una vuelta en el centro de la ciudad, lo particular del asunto es que mientras iba en el bus se subió un señor de esos que venden cosas a los pasajeros, pero aún más curioso porque lo que vendía el señor eran chistes. Lo primero que hizo al subirse al bus fue contar una serie de chistes (la gran mayoría muy flojos, o descachados que es como le decimos a los chistes malos aquí en Antioquia), después anunció que esos chistes, y otros más, los estaba vendiendo en una recopilación de hojas (cuatro hojas eran toda la colección): una hoja de chistes valía $300, dos hojas de chistes $500, las tres hojas a $800 y las cuatro hojas de chistes (la colección completa) valía $1000. A mí no deja de parecerme increíble las formas en que la gente busca ganarse un poco de dinero, como los que se paran, en una calle del centro de la ciudad, con una báscula portátil esperando que alguien se pese para cobrarle por el servicio; o los que venden libritos o cartillas de pasatiempos y crucigramas en los buses y en las calles; o los que intentan vender forros, o protectores, para los controles del televisor, el equipo de sonido y el dvd. Pero es aún más sorprendente que logran vender lo que ofertan, porque sino qué hacen ahí parados todo el día, algo tendrán que vender.
Una sorpresa más enorme me llevé aquel día en el bus al darme cuenta que la gente le compraba las hojas de chistes al señor, regateaban incluso por el precio. Me preguntaba si quienes compraban esas hojas no sabían que con solo teclear "chistes" en google salía una colección interminable de esas pequeñas historias graciosas, me imaginaba a los compradores llegando a sus casas, o a donde algún amigo, listos a mostrar con un pequeño show de chistes su nueva adquisición. Por la módica suma de $300 o $500 podían, ese día y quizás en algunos momentos más, ser el centro de atención de alguna velada familiar, entre amigos o en la oficina.
Dos señoras del bus que iban juntas (me di cuenta de eso porque charlaron de sus cosas durante todo el trayecto de la ruta) compraron, cada una las cuatro hojas de chistes, mientras eso sucedía yo me preguntaba: "si se conocen y si las hojas son las mismas porque no compran sólo una colección y le sacan fotocopia, les sale más barato". Nada de eso, cada una se llevo su propia hoja, escrita a computador, con su maravillosa colección de chistes. Entonces no sólo no tienen Internet, o no lo saben usar, sino que además ellas solitas se dejan embaucar. Pero al final todos felices: el señor porque vendió muchas hojas de chistes, los que compraron porque tenían tema para más tarde y yo porque lo aparentemente cotidiano, una vez más, volvió a demostrarme que ahí siempre están los episodios más sorprendentes.
Hasta pronto.
PD: Ya soy ciudadano colombiano nuevamente. En un tiempo record (un mes y medio) logré tener mi nueva cédula de ciudadanía. Para eso fue la vuelta que hice en el centro la semana pasada, para ir a reclamar mi identidad perdida.
16 de agosto de 2010
Día de furia
Así fue el martes pasado. Ese día, cuando estoy en la Universidad dictando clase, y después de menos de una hora me hacen desalojar el salón un grupo de encapuchados. Todos los estudiantes salen de mi clase y yo me voy detrás de un encapuchado a quien le pregunto por qué no puedo dar clase, "¿Hay asamblea? ¿Tienen asamblea hoy?" El tipo no responde. Luego, uno de los estudiantes que sale de clase me hace un pregunta sobre historia y yo, que aún permanezco en el salón, empacando mis cosas trato de responder a sus inquietudes, estamos en esas y vuelve otra vez el encapuchado para decirme: "profesor, por favor, hay que desalojar el salón", entonces yo replico con: "¿Pero tienen asamblea hoy? ¿Qué van a hacer que no se puede dar clase?" No responde nada, es como hablar con un policía, o un soldado que cumple ordenes, sólo que éste no representa ninguna autoridad y, encima, está encapuchado.
Abandono el salón, al igual que muchos estudiantes, directivas y profesores de la facultad, los encapuchados cierran los pasillos con los muebles metálicos de los casilleros e inician su acto de vandalismo.
No es más que eso, un acto de vandalismo. Las directivas de la Universidad de Antioquia se manifiestan, en comunicado de la rectoría en donde describen algunas de las prácticas de boicot de los encapuchados ese día martes. No hay normalidad académica durante toda la semana y, encima, cierran la Universidad el viernes, pierdo mis clases de la semana mientras me digo a mí mismo, minutos después de que fui echado del salón hasta ahora mismo: esto no puede continuar así.
No es nada extraño que en la Universidad de Antioquia sucedan estos hechos, desde hace cuarenta años está pasando, lo grave es que más o menos de una década para acá el asunto a llegado a un punto absurdo. Los estudiantes encapuchados (y vaya uno a saber si son estudiantes, es ya un clásico las bandas de guerrilleros y paramilitares infiltrados en la Universidad) ahora hacen formación militar antes de tirar piedra y enfrentarse contra la policía antimotines, eso lo vi muy sorprendido hace unos años. ¿Entonces son estudiantes o una fuerza militar que se prepara a enfrentar al ESMAD (los antimotines)?
Estos niñitos pendejos están, con sus consignas trasnochadas, con sus papas bomba, con sus actos represivos (los mismos que dicen denunciar y repudiar), poniendo un grano de arena enorme para justificar a los que desde hace muchos años quieren cerrar la universidad pública, o por lo menos cortarle los pocos beneficios que aún le brinda a los sectores más necesitados de la sociedad. La universidad pública desde hace muchos años es vista por los más reaccionarios y conservadores como un nido de subversivos, de guerrilleros, de gente peligrosa, y los actos de estos encapuchados lo único que logran es darle la razón a estos que dicen combatir.
Yo no soy partidario de la represión y mucho menos de la violencia, creo ser un humanista y un pacifista, quizás también un académico (aunque mi trabajo y mis estudios no lo demuestren mucho), por eso pienso que la solución de todo este asunto tiene que pasar por la misma universidad, nada de meterle más candela al asunto, como proponía el expresidente Uribe, cuando era presidente (ya por lo menos, y desde ayer, no lo es. Ya por ahí no va a robar más, por lo menos). Para acabar el conflicto, que generan estos infiltrados de los actores armados en la universidad, es necesario pensar en estrategias que tengan que ver con el actuar mismo de la institución: el dialogo, el debate, la crítica, el estudio. Puede sonar muy idealista pero así es (¿O qué? ¿Me van a decir que metiendo los policías, o el ejército, al interior del campus es una mejor opción?).
La universidad está hecha para eso, para discutir, para dialogar, para criticar con argumentos, para crear una opinión y para buscar soluciones a los conflictos de la sociedad. Y este es un conflicto más, que está dentro de la universidad porque ella misma está inmersa dentro de la sociedad que lo creo. Es hora de pensar, de debatir o por lo menos de preguntar: "¿Por qué me estás sacando de clase justo cuando iba a explicar el sistema de la encomienda, en la colonia española, que es parte fundamental para entender la explotación en el campo y en la industria, y en las formas de producción en donde el empleado, el jornalero, el peón, el obrero es explotado en Colombia, en el siglo XX?" Así esté encapuchado, así no responda, siempre voy a preguntar por qué no puedo enseñar. Y algún día, una día en que me sienta más valiente, en que sienta que es un día de más furia, no me dejaré sacar de clase.
Adiú.
8 de agosto de 2010

