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Diciembre de 2006

Cine colombiano y un nuevo fanzine

Llevar a tu novia del centro de la ciudad a la sala de cine: $2.000 en bus; pagar las dos boletas de cine: $12.000; comprar crispetas y gaseosa para ver la película: $7.000 (qué robo, no vuelvo a comprar crispetas); comprobar que el cine colombiano sigue cagado no tiene precio, para todo lo demás existe... Pues sí, reincidente soy y como aún tengo esperanzas de que en el llamado boom del cine colombiano aparezca algo verdaderamente relevante sigo visitando ingenuamente las salas de cine y recibiendo bofetada tras bofetada de producciones malas, perversas. Mi esperanza se vio bastante minada cuando, hace unos meses fui a ver El Colombian Dream (Felipe Aljure, 2006), un film bastante esperado por un amplio público que disfrutó de su opera prima La gente de La Universal (1991), pero El Colombian Dream resultó ser un film en donde casi nada es rescatable, donde se apela a las fórmulas más básicas (como por ejemplo, "los colombianos somos...". Somos qué, no somos ni mierda, digo yo), en donde los personajes no son creíbles (matan un montón de gente y a mí, como espectador, me importó un reverendo huevo porque Aljure no se ocupó de crearle una personalidad fuerte, definida, a cada personaje), así los personajes son sólo fichas dentro de una trama que, por cierto, también tiene un montón de carencias, desde los diálogos hechos de nada, que no dicen nada (con hijueputadas, y vulgaridades por el estilo, que nunca dirán nada por sí solas), hasta situaciones que nadie se cree: unas pastillas de los colores de la bandera colombiana, un bar todo aburrido llamado Colombian Dream, tres culicagados que son protagonizados por unos actorcitos que parecen haciendo un seriado de TV de domingo por la mañana, el malo es un bobo, el bueno es un bobo y el bobo (el actor negro que hace de bobo) es lo peor que le pudo pasar a esa película, además de la eterna y molesta voz en off de un superfluo niño abortado (¿De dónde sacaron ese personaje tan absurdo, qué pinta ese niño abortado ahí?). En definitiva, El Colombian Dream es un pésimo intento de Aljure, un intento de crear un universo cerrado entendible solamente en la película que, si bien es posible este tipo de artilugios, Aljure no logra cerrar completamente y su película se va por el desbarrancadero por donde se han ido, por lo menos, las últimas veinte cintas colombianas (con honrosas excepciones, como Sumas y Restas, de Víctor Gaviria). El Colombian Dream es un burdo remedo de la creación y recreación de universos que logra un poco mejor el amigo de todos Emir Kusturica (a mí no me gusta Kusturica pero es mil veces mejor que la segunda cinta de Aljure): un supuesto caos narrativo, diálogos vomitones y estridentes, situaciones absurdas que se combinan con hiperrealismos, una banda sonora también estridente y bulliciosa, un coro de actores con personalidades que van de lo ridículo a lo circense y todo pasado por un manejo de cámaras ricas en lentes y en lugares insólitos (Aljure ya había hecho esto en La gente de La Universal, pero en El Colombian Dream exagera hasta el cansancio, hasta el hartazgo) además de una fotografía llena de colores vivos y contrastantes (en El Colombian Dream no hay colores, hay colorinches, una paleta asquerosa y una fotografía basada en luces rojas, azules, verdes, amarillas… para dar la sensación de que estamos "in tropical country, mister, aquí todo es bacanería. Porque no olvide que los colombianos somos los únicos que..." ¿Será realismo mágico? ¿Otra vez? ¿En eso cae El Colombian Dream? Qué basura de película). Esperemos entonces que Felipe Aljure recapacite, no exagere más, se rodee de un buen equipo y de buenos actores (en cuestión actoral, en Colombia, pesa más el star system de la TV Nacional que el verdadero talento interpretativo, todavía faltan muchos actores para cine, el problema es que aquí no hay industria y casi todos los actores salen de la TV), que piense y repiense sus guiones y que nos de, que más quisiera yo, un tercer film de su autoría digno de una boleta de cine.

Tenía que hablar de El Colombian Dream porque se me había pasado y aún no entiendo como a algunos amigos les pudo gustar ese bodrio, feo y hasta insultante (que insulta la inteligencia de algunos espectadores con formulitas tan manidas y baratas). Pero lo que vi el pasado miércoles fue Al final del espectro (Juan Felipe Orozco, 2006), otra película colombiana que anuncian con bombos y platillos y que resulta ser más de lo mismo pero hasta menos, ¿cómo es eso? Déjame explicarte: Más de lo mismo no exactamente en comparación con el cine colombiano, pocas películas de suspenso y terror se han hecho en Colombia (los films de este estilo más conocidos son los realizados por Jairo Pinilla), pero más de lo mismo si comparamos Al final del espectro con los filmes de terror japoneses de las últimas dos décadas. Fiel copia, pero más barata, más chiviada, más pirata porque esto es cine colombiano y al mismo tiempo dice la gente "pero es que la película es buena porque es algo diferente a lo que se ha hecho en cine colombiano" ¿Y que se ha hecho en cine colombiano señores? Todo y nada. Entonces parece bien que se acepte una obra regular porque "en Colombia no se había hecho", pero en Japón ya han hecho tantas de ese género, o estilo, que aburrieron desde hace rato.

Al final del espectro adolece de actuaciones, si la protagonista es medianamente creíble, su coprotagonista es un total desastre (en el film hace el papel de Tulipán. ¿Quién le pone un nombre así a un personaje de cine en un film de suspenso o terror? Esa era la primera corrección que había que hacerle al primer borrador del guión). La película tiene unos primeros quince minutos normales en donde uno conoce la trama y algunas situaciones que van perfilando a los personajes, luego cae en un eterno y aburrido metraje que sólo saldrá de su anquilosamiento unos diez minutos antes de que salgan los créditos, cuando empieza la verdadera "acción" y por fin entendemos de que diablos se trata todo ese metraje aburrido que nos pasaron después de que conocimos la situación y a los personajes. No hay suspenso, no hay miedo ni terror, lo que si hay es aburrición y al final nos salen con un truco barato, con una inocente muerte (ni siquiera algo de gore o de splatter para congraciarse con algunos de los espectadores que fuimos a ver algo medianamente decente. Pero bueno, está basada en el terror japonés y ellos creen, los que hicieron esta película de Al final del espectro, que en los films de este estilo, en Japón, la sangre no se muestra. Pero sí se muestra amiguitos. Vaya uno a saber si fue miedito, ignorancia o un descuido que nos dejó a algunos sin siquiera la salsa de tomate al final del film). Aburrido, así es Al final del espectro. Fotografía: bien (creo que el film es inflado a 35 mm a partir de grabación en video), buena paleta de colores, copiada de Japón; sonido: bien; cámaras: bien. Técnicamente parece estar bien pero eso ya no es cualidad para rescatar en el cine colombiano, lo técnico ya se superó hace rato, ahora el asunto es la historia y las interpretaciones (prefiero mil veces un film con mal sonido o pésima fotografía pero contando una buena historia y con interpretaciones que no me saque de la película).

En definitiva, Al final del espectro no es tan mala como El Colombian Dream, por lo menos conserva cierta dignidad que el film de Aljure vendió como un puta por cuatro pesos. No siendo una película buena Al final del espectro y desilusionado, una vez más, con el cine colombiano (no voy a gastarle plata a Dago Gárcia y sus Cartas al gordo, hace años me di cuenta de la estafa que es este señor, y me da mucha pereza ver esas comedias oxigenadas, muy oxigenadas en el trópico, dirigidas por Harold Trompetero, quien está estrenando Dios los junta y ellos se separan. ¿Quién escogerá los títulos de esas películas? ¿Los mismos directores o los que les dan la plata para hacer semejantes culadas?) me pregunto: ¿Dónde, en qué punto se pierde una buena historia? ¿En el guión? ¿En la producción? ¿En la edición? ¿Si hubo una buena historia para contar ahí? ¿Si valía la pena gastar tanta plata, tanto tiempo, tanto talento humano para contar esa historia? ¿Se quieren contar buenas historias en cine, se quiere hacer buen cine o sólo se quiere recaudar en taquilla? Esas son preguntas que quizás nunca tengan respuesta, aunque se puede ver por que cauce va el río si pensamos en que la política del Ministerio de Cultura para con el cine, su objetivo, es fomentar una industria de cine en Colombia... Yo pienso que es bueno una industria, pero una industria de cine sin autores no es nada. ¿Dónde está el cine de autor señores? Yo creí que Felipe Aljure era uno de esos, creí que Jaime Osorio (q.e.p.d.) también lo era, hasta llegué a pensar que gente como Harold Trompetero podía calar ahí. Mayolo y Luis Ospina lo hubieran podido ser pero creo que ya no podieron serlo, Pinilla estaba demasiado embotado en hacer cosas a lo "Hollywood" que creo que nunca se dio cuenta lo que realmente hizo. Ciro Guerra está aún muy joven, Ciro Durán ya está viejo y otros muchos más directores, de quienes en este momento no me acuerdo o no quiero acordarme, que podrían haber hecho o estar haciendo cine de autor no hay prácticamente ninguno (en Colombia podría confundirse esto, un director colombiano se lleva más de cinco años en  hacer una película no porque se piense mucho como se va a hacer sino porque no hay plata para hacerla). La vaina siempre será la misma, leer, escribir, ver cine, ver TV, ir a un museo, a una galería, escuchar mucha música y tratar de contar cosas que sean realmente auténticas (autenticidad, u originalidad, no es ponerle a tres pastillas los colores de la bandera colombiana), nutrirse de muchas fuentes y tratar de pensar si realmente hay algo que decir, que se puede decir y como decirlo. El cine es muy caro para producir y no es justo que se gasten ingentes recursos en producciones de quinta. Otra opción sería poner toda la carne en el asador para producir muchos cortometrajes y así cultivar una serie de creadores a la par que se permita más libertad creativa para hacerlos, porque los costos de un corto son infinitamente menores a los de un largometraje (el corto es escuela de técnica y creación, tanto para jóvenes directores como para viejos autores).

Para mí sólo hay un director colombiano que hace cine de autor. Con sólo tres largometrajes Víctor Gaviria a construido un universo creativo, ojalá no nos defraude nunca y si lo hace que vuelva a tomar las riendas de su trabajo (eso espero de ti Felipito Aljure).

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Otra cosa: dejemos el cine a un lado y pasemos a los cómics, fanzines mejor, cosas menores e insignificantes que no recaudan en millones pero que tampoco valen un ojo de la cara. Ya salió la cuarta edición de los misterios de Mr Q, así que ya la pueden conseguir en los puntos de venta (aunque por el momento sólo está en la Librería Palinuro y en la Galeria 10-36). Para más información acerca de este y otras publicaciones de la Editorial Robot consulte aquí.

Chao

PD1: qué falla con los amigos de Bogotá, aún no tengo la nueva dirección del punto de venta de fanzines en la capital, pero si tienen un poco de paciencia muy pronto se las daré para que también disfruten de cómics baratos y divertidos.

PD2: ayer estuve haciendo un par de dibujos murales en la Galería 10-36, en estos días les tomo unas foticos y te los muestro (mil gracias a Wolfgang por toda la atención que me prestó durante el día de ayer).

29 de diciembre de 2006

Un vez más Cristo a padecer

Así es como se puede titular esta trágica crónica iniciada desde el momento en que supe que el taller litográfico de hace tres años, en donde he editado casi todos mis fanzines de impresos litográficos, además de ROBOT, fue liquidado por deudas contraídas por su dueño. Pues sí, resulta que mi impresor después de todo tenía un vicio grave y cruel: el juego. Y la desaparecida de hace quince días era más bien una escondida por ser un jugador moroso. La semana pasada apareció nuevamente para liquidar el taller ya que las deudas eran tantas que fue necesario cubrirlas con el desmantelamiento de la empresa (ah, y yo que pensaba que Juan Carlos era lo más de juicioso...). Bueno, de todas maneras Juan Carlos es un buen tipo y el hecho de que esté metido en un vicio no lo hace tan mala persona después de todo. Espero que supere esa maricada y que se recupere para que pueda levantar nuevamente su taller (ojalá lo logre).

Entonces como el taller litográfico de confianza se liquidó, me tocó buscar taller esta semana. El martes llevé la gacetilla de ROBOT y la cuarta edición de Mr. Q a un tallercito abajo de la avenida Cundinamarca (que es donde están la mayoría de litografías en Medellín), Ahí busqué un par de talleres, comparé precios y me decidí por uno que cobrara lo mismo que me cobraba Juan Carlos ($60.000 por mil ejemplares de ROBOT, es un buen precio. Es que Juan Carlos era a todo dar). Así que me dije, "este taller se ve bien, el señor se ve juicioso, no tiene cara de jugador y además el precio está muy bien (habrá que contar que los otros talleres me cobraban entre $80.000 y $90.000), así que decidí dejar los dos trabajos con este nuevo taller, no sin antes explicarle detalladamente al impresor como había que hacer la impresión. Sobre este punto hay un problema muy complicado en Medellín: desde el grande impresor (de vallas publicitarias, de plotter, de afiches gigantes, de libros de cocina o arte de la Edad Media...) hasta el impresor pequeño (de tarjetas, de volantes, de fanzines...) poseen un extraño y molesto aire de suficiencia, la típica cara de: "si, yo ya sé eso, no me explique maricadas que yo ya sé". Entonces no le prestan atención a las explicaciones de uno porque ellos "ya saben" (esto aplica también al gran grueso de diseñadores de impresos en Medellín. Es una putada sentarse con un diseñador de empresa gráfica o publicitaria, frente a un computador, para explicarle cómo es que uno quiere las cosas o cómo es que uno necesita que convierta colores y tamaños para llevar la pieza a impresión. Todos ya saben y todos, o la gran mayoría, por su arrogancia se equivocan...). Bueno, le expliqué al señor del nuevo taller el tamaño de la impresión, con muestra impresa incluida, el tipo de papel y le pedí el pantone para ver los colores de tintas (no tenía pantone, mala señal...), mientras él se hacía el que atendía pero imagino que su cabeza estaba en otros lugares porque ayer fui a reclamar las impresiones y la cagada esperada.

No se cuál es el complique para imprimir una hoja por lado y lado, cuando todo se entrega explicado y con muestra impresa. O mejor sí sé cuál es el complique: no atienden a los requerimientos y las cosas las hacen como a ellos les da la gana y no como el cliente, en ese caso yo, desea la pieza (y más grave aún si el cliente es un tipo que entiende del proceso, como yo). Todo nervioso fui a por las impresiones (aunque no se note yo soy un tipo muy nervioso...), pensando: "ojalá no se haya equivocado, ojalá las impresiones hayan salido bien". El señor me entregó las impresiones y, en apariencia, todo parecía haber salido bien, me fui contento para la casa y una vez desempacado el material me di cuenta de algo en lo cual no había reparado en el taller: las impresiones estaban más pequeñas, ROBOT a un 97% más pequeño que el tamaño original y el fanzine de Mr. Q a un escandaloso 70% más pequeño. Puto por mi miopía en el taller, por no darme cuenta a tiempo del error, y puto con el taller por haberle reducido de formato a ambas impresiones, empaqué todo y me devolví al taller. "No, usted me sacó las impresiones más pequeñas" le expliqué al impresor y nos pusimos a ver la muestra y las planchas y las impresiones. El tipo, típico antioqueño maluco, de esos que siempre lo quieren estafarlo a uno (la verdad es que muchos de los impresores litográficos de Medellín son así, todo el tiempo tratando de estafar, de tumbarlo a uno, pero como yo sé del asunto les queda un poquito difícil acometerla conmigo) me empezó a decir que yo le había entregado las cosas mal, "a ver, miremos el archivo", le dije, lo miramos y estaba bien, miramos la muestra impresa otra vez y otra vez las planchas y otra vez las impresiones. "Salieron más chiquitas, a mí eso así no me sirve", le dije y el tipo todo derrotado sólo atinó a decir: "entonces qué hacemos" ("cómo que qué hacemos", pensé lleno de rabia al tiempo que me decía a mí mismo: "¿Por qué, Cristo. Por qué siempre me pasa lo mismo con estos chambones? ¿por qué a mí que lo traigo todo explicadito y desmenuzado para que no se equivoquen y siempre me pasa?"). "Qué hacemos", inqurí, "vuélvamelo a imprimir". Le aclaré que el asunto del ROBOT reducido a un 97% de su tamaño original no era tanto problema, que no jodieramos con eso, pero que el fanzine si tenía que volvérmelo a sacar (de ahí salió la edición número cuarenta más pequeña que los números anteriores. Yo que soy todo misericordioso acepté el error y lo pasé así, pero el del fanzine era inconcebible). "Ah, pero es que yo ya salgo a vacaciones y no le puedo imprimir eso sino hasta enero", se justificaba mientras yo pensaba: "mentiroso de mierda". Después de mucha maricada, tire y afloje, me devolvió la plata no sin antes salir con esta joya: "es que yo le reduje el tamaño porque el presupuesto que yo le hice era para ese tamaño", oígan pues a este viejo güevón y a usted quien le dijo que tenía, así no más, que reducir tamaños (le tocan, le manosean, le violan a uno los trabajos, dizque por cobrar menos. Pues te quedaste sin el mango viejo pendejo porque, como le dije después de que me soltó esa perla: "pero es que los formatos no se tocan, si yo lo quería a una 16 parte de pliego pues yo vengo y me cobra $10.000 o $20.000 pesos más". Viejo cagao, se puso a reducir el formato complicándose más, haciendo las cosas más difíciles y todo por no cobrar un migaja de más).

Acepté el ROBOT más pequeño, me devolvieron la plata del fanzine, caminé diez metros y dejé el trabajo a otro impresor litográfico que me cobró $85.000 y prometió entregármelo el próximo martes. Obviamente le expliqué muy bien como quería la impresión -mientras él tomaba el típico aire de suficiencia y de "sí, yo ya sé eso"-, el papel, el color de la tinta, el maldito tamaño de la pieza y le entregué el diseño en digital y la muestra impresa, esperemos que el martes me entreguen un fanzine impreso como yo lo pedí y no como les de la gana de sacarlo, esperemos eso para que Cristo no siga padeciendo.

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Otra cosa: una cita tomada de Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968), la mejor película latinoamericana de todos los tiempos.

Una de las cosas que más me desconciertan de la gente es su incapacidad para sostener un sentimiento, una idea, sin dispersión. Elena demostró ser totalmente inconsecuente, es pura alteración como diría usted, no relaciona las cosas, esa es una de las señales del subdesarrollo: incapacidad para relacionar las cosas, para acumular experiencias y desarrollarse. Es difícil que se produzca aquí una mujer trabajada por los sentimientos y por la cultura, el ambiente es muy blando. Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento, la gente no es consistente. Y siempre necesitan que alguien piense por ellos.

Otra más:

No entiendo nada, el americano tiene razón, las palabras se devoran las palabras y lo dejan a uno en las nubes, en la luna, a miles de millas de todo. ¿Cómo se sale del subdesarrollo? Cada día creo que es más difícil. Lo marca todo, todo. [...] En el subdesarrollo nada tiene continuidad, todo se olvida, la gente no es consecuente.

Chao.

PD1: desde ayer está por ahí la gacetilla ROBOT, en su edición cuarenta. Búsquenla, sobre todo, en el centro de Medellín porque aún no la he llevado a El Poblado. Ah, y completamente gratis, como le gusta a todo el mundo.

PD2: algunos dirán, con todo este rollo de los talleres, que lo barato sale caro, y tienen razón pero es que cuando uno no tiene plata para pagar algo mejor, y por ende más caro, toca buscar lo menos peor (¿o no? ¿o es que vos me vas a dar la plata de ROBOT cada mes? Así sí te busco el mejor y más lujoso taller de impresión litográfica de Medellín).

PD3: necesito unos 40 o 50 millones para montar mi propio taller litográfico (ah, soñar no cuesta nada...).

22 de diciembre de 2006

Varias cosas

Ayer martes entregué la edición número 40 de la gacetilla ROBOT a un nuevo taller. El antiguo taller litográfico, donde editaba ROBOT fue finalmente liquidado, por deudas contraídas por su dueño. Crucemos los dedos para que la edición 40 de ROBOT salga bien impresa y para que mi nuevo impresor no se equivoque. Y que tampoco se equivoque imprimiendo la cuarta edición del fanzine de los misterios de Mr. Q, que también le confié ayer y que, junto con ROBOT, me será entregado mañana jueves.

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Por estar montando ROBOT y la cuarta edición de Mr Q. no he tenido tiempo de renovar el cómic de la semana (pronto haré uno nuevo...). Además estos días de diciembre un aire extraño invade el ambiente que no deja trabajar con la intensidad que siempre se quiere. Estoy un poco deprimido y nostálgico, imagino que son cosas de la época de navidad que me ponen un poco melancólico, cosas como el pequeño rayo de luz que se cuela por una ventanita de la escalas de la casa y que, como es obvio y por el mismo movimiento del sol, sólo aparece en estos días del año. Se ilumina un nicho de la casa de manera totalmente accidental que yo he ido asociando, durante más de treinta años, con la época de la navidad (claro, la navidad asociada con la niñez, además me incluyo dentro de una frase que le escuché alguna vez al director de cine Víctor Gaviria, que era más o menos así: en Medellín la navidad es la época más feliz para los niños, quien allá crecido en Medellín sabe que esta época trae un nostalgia especial. Aunque dirán algunos que esa sensación se extiende a otros lugares y territorios...).

Por otro lado me es algo molesto el hecho de que la gente corra en tropel, y como borregos, a todo almacén que encuentren, para comprar trapos y cachivaches, gastándose lo que no tienen y endeudándose para después pagarlo todo el año que viene (si es que les alcanza el tiempo para pagar deudas). No es que esté en contra de comprar, a mí también me gusta hacerlo pero, al igual que la alegría y la felicidad en navidad, es especialmente molesto porque parece una orden, un mandato.

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Me molesta que mi mundito organizado (en parte), como un autista que mide tiempos para cada actividad, se vuelva caótico cuando llegan estas épocas. Además habría que añadirle el hecho de que mi madre acaba de llegar de Nueva York, para pasar las vacaciones en Colombia, y como toda mamá quiere controlar asuntos que ya le es imposible administrar porque todos sus hijos ya estamos muy grandes. No me malentiendas, mi mamá no es tan impositiva y cansona, lo que pasa es que es más un problema mío: soy un poco sicorrigido y el hecho de tener a mamá en casa es simplemente un cambio de rutina en mi diario vivir.

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Y la casa ya está vendida, la entregamos dentro de veinte días. Decepción tras decepción es encontrar un apartamento bonito, en buen estado y con algo de espacio para comprar y vivir. Claro, no es suficiente lo que tenemos para comprar algo bien ubicado, en buen estado y amplio (espero que lo encontremos, o por lo menos comprar lo menos malo...).

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Ayer en la noche en el Canal U, un canal de televisión universitario que transmite a nivel local, presentaron una conferencia que dio Noam Chomsky en la Universidad Nacional -sede Medellín-. Excelente charla, una conferencia magistral la que dio este señor, acerca de orden mundial y el papel de Latinoamérica, y por ende de Colombia, en las viejas y nuevas políticas mundiales, de carácter económico y social. Vaya, vaya, por fin veo un programa, en Canal U, digno de reseñar (aunque la verdad la producción no fue nada del otro mundo y el programa, ya sabes, lo hizo todo el señor Chomsky). La maldita falla es que partieron la conferencia a la mitad y sólo hasta el próximo martes podré ver la segunda parte de tan excelente charla (no dan una buena puntada sin cagarla por algún otro lado esta gentecita de la televisión nacional y local...).

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En la noche de ayer vi también El ladrón de bicicletas (Ladri di Biciclette, Vittorio de Sicca, 1948), después de años de no verla. Una vez más comprobé que es la película más bella y triste que se ha hecho en el cine (o por lo menos del que yo he visto), confirmé que es mi película más favorita (más favorita, porque tengo otras que simplemente son favoritas) y, una vez más, como las veces que la he visto lloré durante la dramática secuencia final.

Hasta pronto.

20 de diciembre de 2006

Querido Diario:

Ese dibujo que ves al lado derecho, el del emperador Truchafrita, es el dibujo número 100 de este diario (desde abril de 2005, que fue cuando los empecé a poner aquí). Bueno, esperemos que vengan muchos dibujos más...

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Otra cosa: una cita tomada del libro Los ejercicios del ver. Hegemonía audiovisual y ficción televisiva, de Jesús Martín-Barbero y Germán Rey:

Aún tiene gran fuerza la diferenciación que en 1958 estableció Hannah Arendt, en La condición humana, y las asignaciones que tan certeramente hizo Jean-Pierre Vernant de ciertos tipos de géneros literarios a la gradación entre lo íntimo y lo público, aplicando al individuo el género de la biografía, al sujeto las memorias y al yo las confesiones y los diarios íntimos.

15 de diciembre de 2006

Quemándose en el infierno

En la boca del mismísimo Satanás, ahí es donde debe estar... Por fin se murió esa rata llamada Augusto Pinochet.

11 de diciembre de 2006

Querido Diario:

El pasado jueves, en la tarde, fui al taller de litografía a reclamar la edición número cuarenta de la gacetilla de ROBOT. Lo que parecía ser un incumplimiento por parte de mi impresor se convirtió en un hecho trágico y lamentable del cual aún no tengo noticias definitivas: Juan Carlos, el dueño de la litografía y llave de mis impresiones en fanzines y de ROBOT, había desaparecido desde el pasado miércoles 6 de diciembre, en horas de la mañana, "no sabemos nada. Hemos estado llamando a los hospitales desde el día de ayer", me contó su asistente ese jueves en la tarde. Yo que soy un tipo muy egoísta pensé primero en la edición de ROBOT, pero luego me dije: "vos sos güevón, pero imprimir la gacetilla es lo de menos, ese tipo está perdido. ¿Cómo estará la familia, la esposa? Pobre gente". Desaparecido y, hasta donde sé, aún no se sabe nada de su paradero (bueno, hasta donde supe el jueves porque, a pesar de que tengo suficiente confianza con él en términos laborales, no soy capaz de incomodar a la familia con preguntas acerca de su paradero, si es que ya lo encontraron o ya apareció por sus propios medios). Espero que Juan Carlos aparezca pronto, espero que no haya sido nada grave por el bien de él mismo y de su familia. La próxima semana iré al taller a averiguar que ha sido de Juan Carlos un tipo, que no sobra decirlo, es de lo más justo y buena persona y que no hay razón para que se convierta en uno más de los desaparecidos de este país (así es Colombia amiguito, desaparecen los buenos, y los malos ahí todavía, robando, explotando, lagarteando, matando, haciendo desaparecer a los buenos). De todas maneras este asunto, además de provocarme una profunda preocupación por él mismo y por lo que debe estar pasando su familia, no puedo desligarlo de lo estrictamente laboral pues ya dije que Juan Carlos era mi llave en lo de las impresiones, él ya comprendía exactamente cómo quería yo que me imprimiera los fanzines y ROBOT, así que creo que no está mal que diga que también quiero que aparezca para que siga siendo mi impresor y no tener que buscar a otro que se las va a dar de mucho, que en principio no va a escuchar mis recomendaciones, no me va a dejar ver el pantone y probar tintas con colores de papel, además de dejarme la impresión barata sin intentar engañarme con los precios. Esperemos que Juan Carlos aparezca o que ya haya aparecido...

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Otra cosa: se suponía que viajaba al Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia pero por diferencias con la organización, que me hizo una invitación ridícula después de prometerme todo el año mi segura estadía en el evento (porque yo trabajo con ellos), decidí apelar a la dignidad y decir que no al minúsculo ofrecimiento, y tampoco ir por mis propios medios (que los tengo). Pero por esperar la invitación del Festival rechacé, hace un par de semanas, otra invitación a Bogotá por parte de los amigos de Excusados y su evento Desfase en donde tenía la opción de mostrar mi trabajo y hablar un poco acerca de la cultura del fanzine, en una charla programada, así que me quedé sin el pan y sin el queso. Aunque debo admitir que no me choca del todo el hecho de quedarme en casa, pues todo el año me la he pasado viajando y trabajando y este fin de semana en especial he podido estar en casa, hacer un poco de pereza, leer cómics y dibujar el cuarto número de los misterios de MRQ que, si todo sale bien, podrá aparecer esta próxima semana (ojalá Juan Carlos, mi impresor, aparezca...).

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Otra cosa más: Joni, que sí fue a Bogotá a lo del evento de Excusados, se llevó un caja de fanzines para dejar en un nuevo punto de venta en la capital, así que pronto les avisaré a los bogotanos donde podrán encontrar los fanzines de la Editorial ROBOT, para que compren, disfruten y le digan a sus amigos (a los que les gustan los cómics, a los demás no les digan porque para qué).

Nos vemos.

PD1: empieza a pesar diciembre con su bullicio y todo el mundo en la calle. Ah, cuándo será enero para volver a vivir sin la presión de comprar, beber y tener que estar feliz.

PD2: Truchafrita estuvo en el Salón de Nacional de Artistas Jóvenes (Bogotá) pero no recibió ni un solo parte del evento (cómo estuvo, por qué no inivtaron, cómo se distribuyeron mis fanzines y ROBOT, qué acogida tuvo el evento). En este tipo de cosas el que pone la carne, es decir, el creador que presta o regala sus obras para los eventos es el último en enterarse de cómo fue la cosa (y ni hablar de pagos y ni siquiera de agradecimientos). Ah, estos eventos culturales manejados por la burocracia, o por quienes quieren hacerse un nombre a costa del trabajo de uno sí son la cagada (espero estar bien equivocado). A propósito hay otro evento en Barranquilla llamado Festival de Artes Electrónicas “Espectro”, allá envíe un par de series de cómics y varios ejemplares de fanzines, a ver si sos de Barranquilla y te pasás por allá y luego me contás que tal estuvo el asunto.

10 de diciembre de 2006

Querido Diario:

Este fin de semana pasado estuve en Caucasia, un municipio hacia el norte de Antioquia y que pertenece a la región del Bajo Cauca. Qué calor hace en Caucasia señores, claro que estaba un poco suave el clima porque llovió y todo (a mí siempre me va bien en las zonas calurosas que he visitado porque siempre las refresca algo de lluvia). Este es un viaje más de los que he hecho a lo largo del año, visitando el suroeste antioqueño, Urabá, Magdalena Medio y el occidente del departamento, llevando conocimiento y extendiendo los brazos del alma mater (la Universidad de Antioquia) a la provincia (pero vaya que estoy institucionalizado...).

Bueno, volví del viaje en avión y por fin pude ver mi casa desde el aire. Lo había intentado por mucho tiempo y siempre se me perdía, así que ayer me puse muy atento por la ventanilla de la avioneta, reconocí hitos dentro del terreno urbano y por fin pude dar con mi casita, la misma que ya está vendida (en menos de un mes tendremos que mudarnos, ya estamos buscando nuevo hogar pero el trabajo, más que dispendioso, es decepcionante porque lo que está disponible uno no lo quiere y para lo que sí se quiere es uno quien no está disponible, porque no alcanza el dinero).

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Otra cosa: quienes vivimos en Medellín pudimos apreciar un hecho quizás único y es que en la medianoche del jueves 30 de noviembre, justo antes de cambiar el calendario a 1 de diciembre, el "silencio" urbano fue interrumpido por una descarga de pólvora en toda la ciudad (y eso que la pólvora está prohibida en Medellín…), la gente celebraba la entrada del mes de diciembre como si se tratara de una celebración de fin de año. Es muy particular el hecho de que en Medellín estén desesperados porque llegue diciembre, yo creo que la demostración de los primeros minutos del 1 de diciembre (una descarga de pólvora que viene dándose desde hace apenas dos o tres años y que pronto se convertirá en toda una tradición decembrina en Medellín) no son más que el desespero de la gente por tener un momento de alegría. Lo que veo en la descomunal descarga de pólvora del 1 de diciembre es la necesidad sin razón de la gente de Medellín por pegarse a una baraúnda de consumo, borrachera y alegría, ésta última como tácito decreto a toda la ciudadanía, y es eso quizás lo que más me molesta de diciembre (sin ser, necesariamente, huraño o cascarrabias con este asunto de la navidad y el año nuevo): que uno tiene que estar feliz, beber y comprar casi que por obligación. Bueno, a mí me sacan de esa "vaca loca" porque yo bebo todo el año, vivo feliz dependiendo de lo que me pase y no de que me lo obliguen y ¿compras?, pues bien ¿y vos?

Chaolín.

PD: ¿Alegría? Sí, porque después de que pedí, silenciosamente, en este diario para que me mandaran por fin los libros de Skin Deep, de Charles Burns, y Rubia de verano, de Adrian Tomine, a la empresa Sabím, los mismo llegaron este pasado fin de semana. Ambas publicaciones son de edición española, precisamente de Ediciones La Cúpula (Barcelona), una de las cosas buenas que quedaron de aquel maravilloso viaje que fue la revista El Víbora (comix para supervivientes).

4 de diciembre de 2006