Julio de 2008

Querido Diario:

Cuando tenga ochenta años, si es que llego a tal cifra, optaré por entrar a un monasterio de clausura (¿Católico? ¿Qué afición tendrá tal claustro en cincuenta años? Qué importa, el que sea), pagaré mi cuota de miembro: $100.000.000 (unos 50.000 US de ahora), y me dedicaré a lo que más me gusta: a dibujar. Pero en este caso a hacer cómics de historias de vidas de santos, de la religión que esté imperando es ese cagado mundo. Moléstame ahora, pero dentro de cincuenta años –si es puedo vivir tanto– ya no tendré amigos, mi mundo estará completamente perdido, será completamente diferente al mundo que vivo ahora, disuelto en el río del tiempo...

Nos vemos dentro de cincuenta años.

PD1: ¿Cómics gratis? ¿Mi trabajo gratis? Hombre, pero si hay fanzines a precio de huevo en papel. En unos días pongo más trabajo gratis en la Internet.

PD2: esta madrugada será una nueva dosis de The Graduate...

29 de julio de 2008

Querido Diario:

Las cosas no han sido sencillas por estos últimos días, mucho trabajo y poca diversión han hecho que te tenga algo olvidado. Claro que estoy dibujando pero para otras cosas, otros laboros, aunque no debo quejarme porque por fin me están pagando por hacer cómics. Aunque esta máquina también se mueve, lenta pero algo hace, por eso te invito a que leas este artículo, de Álvaro Vélez, sobre un cómic colombiano. Ah, y si no has leído otros artículos sobre cómics y autores, en está página web, pues aquí están para que te enteres.

Chao.

25 de julio de 2008

Hitos en la historia colombiana

Truchafrita: Estoy cansado de que a cada movida de teja, en este pueblo, le llamen un "momento histórico".
Chimpandolfo: ¿A qué te referís?
Truchafrita: Pues a toda esa baraúnda de las marchas y de la "perfecta" operación Jaque, y del inicio de la paz, y de no sé que más pendejadas que han pasado en este último mes.
Chimpandolfo: ¿Y vos qué pensás si llega la paz?
Truchafrita: ¿Es que va a llegar? ¿Y qué vamos a hacer con los reinsertados? ¿Y con los 4 millones de desplazados? ¿Y con los oficiales del glorioso Ejército Nacional cuando dejen de recibir esos inmensos sueldos de guerra? ¿Y con las bandas emergentes y el narcotráfico que no cede? ¿Y con el gobierno del doptor Varito cuando se le acabe ese caballito de batalla, esa justificación? Ojalá llegara, a ver si bajamos a los guerreristas de lado y lado. No seas pendejo, que los pendejos son los otros.
Chimpandolfo: Tenés razón, nosotros a lo nuestro, que la estupidez está reinando en las grandes mayorías (cuándo no) y es mejor no untarnos mucho de tanta zalamería.

22 de julio de 2007

Lanzamiento del libro de la Maratón de Cómic

Qué falla no poder avisar esto antes, es que la verdad he tenido mucho trabajo y a duras penas puedo darme un respiro. Bueno, basta de lloriqueos y vamos a lo que vinimos (como decimos por aquí en Antioquia). Este jueves 17 de julio, es decir hoy, se hará el lanzamiento del libro de la Maratón de Cómic de Taller 7 (de la cual hablé en una entrada pasada). El libro se estará presentando (o lanzando) en la Casa del Encuentro, en el Museo de Antioquia, a las 7:00 pm. Así que los esperamos, porque además van a poder ver un video que hicieron unos muchachos sobre toda la experiencia de dibujar cómics durante 24 horas.

No resta sugerir que lleves dinero porque el libro se va a vender (no todo puede ser regalado caballero), además porque si me animo quizás lleve yo también fanzines de la Editorial Robot, para vender.

Nos vemos ahorita entonces.

17 de julio de 2008

Querido Diario:

Hace quince días –sí, ya sé, llevo rato contando puras cosas que pasaron hace semanas, pero es que he estado muy ocupado trabajando y no he tenido tiempo de escribir muy seguido (bueno, ya me estoy desatrasando de ti, mi querido y amado Diario)– vinieron desde Lima (Perú) Isabel y Ernán, una pareja de esposos, junto con su hijita, a traerme unos fanzines que me enviaba mi amigo Renso, de la revista de cómics Carboncito, y también a llevarse unos cuantos fanzines míos para ofrecer en su librería en Lima. Mediática, así se llama la librería de Isabel y Ernán en Lima. Voy a poner la dirección aquí, para quienes quieran ir, porque para allá, para su librería, se llevaron un paquete de mis fanzines (para vender en su librería. Qué enredado estoy): Alcanfores 295 tda. 17, Miraflores. La librería está especializada en publicidad y diseño, pero gracias a mis contactos en Lima, Renso y Amadeo, pues a Isabel y a Ernán les interesó mi trabajo y allá está en Mediática para quienes quieran comprar mis fanzines en Perú. Se llevaron un paquete de cinco ejemplares por edición, así que si vivís en Lima y te gustan los cómics de este humilde servidor será mejor que te apures y vayas por los fanzines de la Editorial Robot ya.

Un abrazo a Isabel y a Ernán, y un besito para su hijita, quienes además me compraron tres piezas de mi más reciente exposición itinerante. Un saludo también a mis amigos Renso y Amadeo, a Arturo Higa y a los patas que les gusta las historietas en la hermana república del Perú.

Hasta pronto.

PD1: ah, aquí podés ver los precios de mis fanzines en Mediática.

PD2: ¿Ya viste el cómic de la semana? Es una tira de Chimpandolfo que hice durante la Cómic Maratón. Obviamente, le monté los colores y una nueva rotulación en digital.

11 de julio de 2008

24 horas dibujando cómics

El pasado 24 de junio, en las instalaciones de Taller 7, se realizó un ejercicio llamado Cómic Maratón, 24 horas seguidas dibujando cómics. 15 dibujantes nos encerramos todo un día, en la casa de Taller 7, invitados por la artista holandesa Anna Bas Backer para dibujar cómics bajo dos temas esenciales: nuestra visión del mundo del arte (y en particular del cómic en el arte) y tratar de reflejarnos como somos en una narración dibujada (bueno, como una especie de autobiografía). La sesión de 24 horas empezó ese martes 24 de junio a las 7:00 pm. Después de comer empezamos a dibujar.

Para mí el asunto se traduce en un palabra que ya mencioné: ejercicio. De eso se trataba porque esas, obviamente, nunca serán las condiciones para trabajar. Yo empecé justo a las 7:00 pm, ya tenía pensado lo que iba a hacer y estaba muy conciente de que mi tiempo era limitado, por eso sin dilataciones empecé a dibujar. Inicié con una historieta de dos páginas y entre plancha y plancha de dibujo, que me tomaba un promedio de unas tres horas de dibujo a lápiz, hice un par de ilustraciones más. Al final hice un cómic de dos páginas y uno más de una sola y dos ilustraciones, todas dibujadas a mano, a lápiz y entintadas con rapidografo, como suelo trabaja normalmente. En este caso los cómics no pasaron por el proceso digital, que es en donde le pongo la rotulación y las escalas de grises a mis dibujos (o el color, dependiendo del caso). Entonces la rotulación también la hice a mano, hacía como cinco años que no rotulaba a mano.

Pero quizás uno de mis problemas más grandes a la hora de sumarme al ejercicio de las 24 horas fue trabajar en conjunto o, mejor dicho, al lado de gente que también estaba dibujando. Yo siempre, con un par de contadas excepciones, he dibujado en solitario y por lo tanto me he acostumbrado a hacerlo hasta el día de hoy, y es de lo más lógico pues no puedo estar llamando a nadie para que dibuje conmigo... Además, el trabajo en cómic, como cualquier trabajo creativo, necesita de cierta soledad, estar con uno mismo mientras se piensa en la idea principal, luego en lo que se va a dibujar en cada viñeta e, incluso, en el momento en que llega la hora de entintar. Así que el asunto de estar con gente dibujando por todas partes, además de que distraen (y en donde uno también distrae a los demás), están constantemente viendo como va tu trabajo, como va lo que estás haciendo, a lo que siempre pienso: "esperáte a que esté terminado". En fin, llámame quisquilloso o lo que quieras pero para mí hacer cómics es un asunto para estar en la más absoluta y deliciosa soledad.

El otro tópico molesto del ejercicio de las 24 horas dibujando es que estás en la imperiosa necesidad de dibujar esas 24 horas (sino para qué vas si no vas a dibujar), es casi obligatorio por el compromiso de palabra que adquieres con los demás participantes, además porque es una falta de respeto para con los demás si no cumples con tal compromiso. Yo ya he trabajo, muchas veces, con cómics pagados por revistas y publicaciones que dan una fecha limite para el cumplimiento del compromiso de entregar un cómic, y a pesar de que en muchas ocasiones te pagan pues no tienes que pasar 24 horas dibujando (bueno, además habría que sumarle el hecho de que pagan muy mal, pero ese es otro cuento). Como es lógico, y dada mi experiencia en estos asuntos empecé rápido para que la madrugada no me cogiera sin un significativo trabajo, no fuera a que a las 5:00 o 6:00 am no pudiera dibujar más por el sueño y el cansancio. Además, porque en el ejercicio yo no quería hacer cualquier cosa, iba a hacer un cómic bien hecho y para mí eso implica estar bien sentado, tener un buen pulso y ser muy cuidadoso con el manejo de las reglas (por esa misma meticulosidad con el trabajo es que mucha gente cree que no dibujo a mano, sino que mis dibujos son hechos con vectores, en digital. Precisamente, durante la maratón, algunas personas se sorprendieron y me manifestaron que pensaban que yo hacía mis cómics con una ayuda total del computador. Pero, como manifesté antes, y en otras entradas anteriores de este diario, yo trabajo desde el lápiz hasta la tinta, el trabajo en digital está en la rotulación y en las escalas de grises o el color).

Como es lógico se vino lo que esperaba y por ahí a las 6:00 am empezó la incomodidad, duré un poco más que algunos otros (porque algunos se acostaron un rato antes que yo, aunque también hubo gente que nunca durmió...) porque estoy acostumbrado a trabajar en las madrugadas, por ahí hasta las 3:00 o 4:00 am. Enfilé mis últimas energías a entintar lo que me faltaba del cómic de dos páginas y alcancé a terminar ese primer cómic y dos ilustraciones más, a las 9:30 am. De ahí a la cama en donde dormí cerca de dos horas y media.

Es increíble el poder reparador del sueño. Antes de acostarme, por ahí a las 8:00 am ya me dolía todo, sobre todo el estomago y la espalda (mis talones de Aquiles). Ya había pasado por dos tasas de café, que me dejaron temblando las manos por cerca de una hora, a eso de las 11:00 pm, porque yo no suelo tomar café (creí, ingenua e innecesariamente, que eso me mantendría despierto, cuando tengo un reloj biológico que puede alcanzar hasta la madrugada); por cerca de un paquete de cigarrillos; por algunos dulces, para despachar un poco el cansancio (me sirve mucho más el golpe de azúcar que el café); y por las charlas con los compañeros con quienes realizaba el ejercicio de las 24 horas dibujando comiquitas. Después, cuando me levanté, lo hice con la firme convicción de terminar una miserable página más de cómic, y lo logré pues a las 6:00 pm, una hora antes de empezar con la socialización del ejercicio (es decir, de que la gente fuera a ver lo que hicimos y a tomar un par de cervezas) entregaba mi última plancha. Pensé, unos minutos después de entregar mi página final, que el ejercicio había sido extenuante, que de hecho sería muy difícil volverme a convencer de que hiciera algo semejante (aunque mi respuesta, si se hace en un año quizás, no sea del todo negativa), pero también pensé que el ejercicio había sido bien enriquecedor para mí, sobre todo porque muy poquitas veces he trabajado con otra gente alrededor, por el asunto de tratar de vencer el cansancio para cumplir con una meta (bueno, esto lo hago cada vez que me siento a dibujar cómics, porque siempre lo hago en mis ratos libres, tratando de vencer el cansancio que me dejan los trabajos en que sí gano dinero. Sin embargo, en este caso era más un tour de force) y también por el hecho de que me enteré y estuve presente mientras otros hacían sus historietas, para mirar, para comparar su forma de trabajar con la mía.

Después de la maratón me quedé hasta las 11:00 pm de ese mismo día, tomándome unas cervezas con mi monita y vendiendo algunos de mis fanzines de la Editorial Robot (que, entre otras cosas, se vendieron bien. Muchas gracias y buena compra a quienes los adquirieron), y de ahí a la casa y por fin a dormir. A Anna Bas Backer le agradezco su invitación pues, más que una reunión para hacer el cómic de tu vida o la obra maestra, la maratón de 24 horas dibujando fue un ejercicio, para mí, muy enriquecedor porque hice cosas que nunca había experimentado haciendo cómics. Aunque me quedo con la soledad y la comodidad de mi escritorio, de mi silla y de mi casa.

En simultánea con Buenos Aires

Al mismo tiempo que realizábamos la maratón en Medellín, en Buenos Aires (Argentina), se hacía algo similar en la Galería LDF, en donde Paola, Joni y Ernán dibujaban también sus historietas dentro del mismo ejercicio (aunque un poco más flojetes, porque allá la maratón se hizo de seis horas).

Chao.

PD: Ah, de este ejercicio, de la maratón de Medellín y de Buenos Aires, saldrá un pequeña publicación que se estará presentando en unos días, acompañada también por un trabajo en video, muy bonito, que hicieron unos muchachos que colaboraron para eso. En unos días les cuento cuando será dicha presentación y cómo hacerse al librito de memorias.

7 de julio de 2008

Gracias al cielo

Truchafrita: ¿Si oíste? Que a Ingrid Betancourt la salvó la Virgen y el Espíritu Santo.
Chimpandolfo: ¿Quién dijo eso?
Truchafrita: El presidente Uribe, la misma Ingrid y otra gente por ahí, hasta el General del Ejército Nacional le rezó a esas vainas disque para que la operación saliera bien.
Chimpandolfo: ¿Entonces no están libres porque fue un éxito del Ejército Nacional?
Truchafrita: Parece que no.
Chimpandolfo: ¿Y como supieron que fue el Espíritu Santo? ¿Y cuál de las Vírgenes los rescató?
Truchafrita: A eso sí no sé. Seguro vieron una paloma por ahí volando. Lo de las vírgenes sí lo sé porque Uribitas dijo que era la Virgen en todas sus formas...
Chimpandolfo: Qué grandísimo ejército celestial. ¿Y por qué si Dios (el paráclito, una de sus tres personas, para ser más exacto) y la Virgen, en todas sus formas, los salvó a ellos por qué de una reverenda vez no saca de la olla a Colombia?
Truchafrita: Ah, eso si no sé, habrá que preguntarle a Uribitas, a Ingrid, al Ministro de Defensa Juan Manuel Santos, al general del Ejército Nacional o al pleno de la Conferencia Episcopal, que esos son los que saben de esas vainas de la divina providencia.
Chimpandolfo: ¿Y eso sí existe?
Truchafrita: ¿Quiénes, Uribitas, Ingrid, el Ministro, el General y todos esos curas de Colombia? Claro, no los ve ahí vivitos y coleando.
Chimpandolfo: Nooo, la divina providencia.
Truchafrita: Vos sos güevón, claro que no. Cómo putas va a salvar una paloma una gente que está secuestrada, a duras penas servirá de almuerzo, y eso si la logran cazar.

4 de julio de 2008

Un viaje por Armenia, Bogotá y volver a Medellín

Armenia es una ciudad de Colombia que pertenece al llamado eje cafetero, la región que por tradición produce el café de Colombia que, hasta hace poco, era el producto de exportación estrella del país (ahora creo que el país tiene otros productos de exportación, entre legales e ilegales, que compiten con el café). También Armenia es una ciudad pequeña, en proporción con otras urbes colombianas (300.000 habitantes aproximadamente), y tiene la particularidad de que hace diez años sufrió un terremoto que acabó con buena parte de su infraestructura, sobre todo en la parte sur de la ciudad. Aún hoy se pueden ver cicatrices, de la falla material y mental que queda en la ciudad y en sus habitantes, respectivamente.

Conocí Armenia, por primera vez, el pasado 12 de junio, cuando fui invitado por los muchachos de la Revista Larva a hacer presencia con una exposición de mis cómics y una charla acerca de mi trabajo en historieta. La ciudad me gustó, aunque un poco pequeña para mí los lugares que recorrí me parecieron muy bonitos, en parte porque me la pasé casi todo el tiempo en las sectores pudientes de la ciudad y también porque Armenia fue reconstruida, en muchos sectores, como consecuencia del terremoto de hace diez años. Me bajé del avión ese jueves 12 de junio a media tarde, en el aeropuerto El Edén, e inmediatamente sentí una cachetada de calor. "Qué raro... Yo sí soy un bobo debí preguntar si aquí hacía frío o calor, ahora esto es como las costa y cómo hago para aguantarme el bochorno", me decía a mí mismo mientras esperaba el auto que me recogería y me llevaría al hotel, luego me di cuenta que el clima en Armenia es de los más extraños que he conocido (en lo poco que he viajado), no sé si será el calentamiento global o si es que la ciudad es así porque en la mañana hacía frío, luego como que se calentaba al mediodía, bajaba la ola de calor un poco para subirse en la segunda mitad de la tarde y luego en la noche bajaba hasta hacer un frío que no te imaginabas a las cuatro de la tarde, como una especie de clima de desierto con fluctuaciones también en la tarde, bien extraño el clima y "bien que no pregunté por el clima, antes de venir, porque hubiera quedado muy confundido", me dije a mí mismo.

Después del hotel al Museo del Oro Quimbaya, que queda saliendo por el norte de la ciudad y que cuenta con unas instalaciones diseñadas por el prestigioso arquitecto, quizás el que más en el país, Rogelio Salmona. Una construcción al estilo Salmona, con ladrillo cocido y con ese dialogo de elementos que el arquitecto supo incorporar en su obra: el agua, la luz, lo orgánico y el ya mencionado ladrillo cocido. Muy bonito el Museo del Oro y honrado yo de poder hacer mi exposición en ese lugar. El mismo jueves en la noche a conocer un poco la ciudad y a tomarme los primeros tragos con algunos de los amigos de Larva: Daniel, Mauricio y Luis (Pedro también estuvo con nosotros en la tarde pero se despidió antes de la noche para pasarla mucho mejor en compañía de Nicole), luego de unas cervezas y unos rones Mauricio y Luis se fueron, el primero porque vive en Calarcá un pueblo cercano a Armenia y el segundo, creo, porque ya había bebido demasiado (pero que va, no bebimos casi esa noche, igual me fui como a las 12:00 de la noche para el hotel), pero llegaron Lorena y otra amiga de estos muchachos, con su novio, y nos quedamos otro ratico más bebiendo y charlando (sí, como dije antes, hasta las 12:00 de la noche, más o menos). Me fui al hotel y me quedé viendo televisión como hasta la 1:00 am.

El viernes montamos la exposición en el Museo del Oro. Pedro me ayudó con el montaje, luego vinieron Nicole y Mauricio y también me ayudaron a terminar. Listo el montaje, a almorzar, hablar con la directora del museo Martha Lucía Usaquén, una señora muy querida y atenta, y luego al hotel a por los fanzines y mis notas de la charla, esa misma tarde del viernes a eso de las 6:30 pm hice la charla, en compañía de Daniel, y a pesar de que la conversación duró casi dos horas el escaso pero atento público no se paró de sus puestos (gracias por ir, espero que haya sido de vuestro agrado). Una vez hecha la charla y un par de entrevistas para TV local y radio local, me llevan a conocer las instalaciones de la Universidad del Quindío y de ahí a comer y luego a tomarnos unos traguitos. En Armenia hay algo de movimiento nocturno, lo que pude notar es que, a diferencia de ciudades más grandes, como Bogotá o Medellín, la gente sale casi en exclusiva los viernes, mientras que en Medellín, y sobre todo, en Bogotá se puede ir de tragos casi todos los días (eso sí, te cierran los bares a las 2:00 o 4:00 am, dependiendo del sector, en Medellín y Bogotá. Una medida que aún sigo sin comprender. En definitiva, ninguna ciudad de Colombia tiene vida nocturna legal, qué tristeza deberíamos hacer una marcha por eso...). Bueno, estas son apreciaciones de un bobo que se quedó tan sólo tres días en Armenia, el caso es que el viernes había mucha más gente bebiendo que en la anterior noche del jueves, pero un aumento muy significativo. Nos fuimos a tomar unos tragos en una tiendita, justo como me gusta a mí, beber en heladerías y tiendas donde se puede hablar y donde el trago te lo cobran al precio oficial (bueno, también entro a bares y discotecas, más a los primeros que a los segundos, pero me gustan mil veces más las tiendas, cafeterías y heladerías, son mis sitios para tomarme los tragos, nada puedo hacer así soy yo). Pues nos bebimos unos buenos tragos, aunque la conversación estuvo aún más intensa, porque nos quedamos como hasta las 3:00 am. Hablé con unas amigas de Daniel sobre lo mala que es la televisión nacional y de lo mediocre que es la televisión local (de Teleantioquia por ejemplo, porque una de las niñas trabaja en ese canal); con un arquitecto que era novio de una de las niñas, sobre el país, sobre la política nacional; con Juan y Daniel, sobre la cultura, sobre música y, obviamente, sobre cómics (en fin, de todas las cosas que puede hablar uno cuando se esta tomando unos tragos en una tiendita y la está pasando bien).

El sábado voy nuevamente al Museo del Oro, hablo con algunas personas que van a la exposición, almuerzo y luego voy con los muchachos de Larva al centro de Armenia, para conocer un poco más (más que el norte de la ciudad). El centro me gusta, se me parece a Manizales. Luego me despido de Luis, Pedro y Mauricio, Daniel me acompaña a comprar lo que compra uno en el eje cafetero cuando se va por allá: café y productos del café, y luego para el hotel a recoger la maleta y para el aeropuerto. Antes de irme Daniel me regala un libro de sonetos de Shakespeare, qué buen regalo. Chao Armenia, adiú eje cafetero, hasta pronto amigos de Larva y asistentes del evento, espero que pronto nos volvamos a ver.

Paso de Armenia a Bogotá, en el vuelo veo por primera vez en mi vida el Nevado del Ruiz y el Parque de los Nevados, aunque ya con la nieve escaseando en las cúpulas y sumado a mi maldita indiferencia frente al paisaje natural y urbano (lo siento, lo reconozco, por eso no me gusta casi viajar. Al final, después de que estás unos quince días en otra parte, todo te parece lo mismo. No lo digo yo, lo dice Jean Paul Sartre en La Nausea, pero yo lo comparto), gozo como enano durante los minutos que el vuelo me permite apreciar esta maravilla de la naturaleza (ahí mismo me puse a pensar: "Colombia, el mundo entero es tan bonito, por qué se empeñan algunos en acabar con lo hermoso que tenemos". Luego me recosté un poco y me dije a mí mismo: "Bueno, dejá de pensar güevonadas pues. ¿No podés, simplemente, contemplar el paisaje?").

Llego a Bogotá y me recibe en su casa mi primo Jack, esa misma noche de sábado salimos a un bar al norte de Bogotá llamado The Blue Dragon. Qué pena con mi primo pero que cosa tan maluca: la música, con contadas excepciones, un desastre; la gente (entre ellos amigos de mi primo) por lo general tarada y descortés (me la pasé toda la noche tratando de entablar conversación con los amigos de mi primo pero nadie me prestaba atención, creo que hasta rehuían mis charlas. Debe ser que el tarado soy yo); y para finalizar un pinta de cerveza valía $10.000 (US 5). No me crean tan aguacate, al norte de Bogotá no vuelvo, lo mío en la capital es Chapinero, o a menos que mis amigos de allá me inviten a un lugar bueno porque a Rodrigo y a Diego les creo (bueno, mi primo igual no tiene la culpa, él necesitaba salir porque estaba muy deprimido. ¿De qué? Tampoco lo puedo contar todo).

El domingo en Bogotá fue de hacer pereza en casa de mi primo. En parte porque el lunes en la mañana teníamos que ir, mis hermanos y yo, a renovar la visa de los EEUU, en la embajada de gringolandia. Mis hermanos terminaron llegando a las 2:00 am del lunes para madrugar a las 5:30 am del mismo día, y todo porque un arreglo en un puente a la altura de Puerto Salgar, en la vía Medellín-Bogotá, los retrasó enormemente. A las 6:30 am estamos ya en la embajada de los EEUU y ha hacer esas putas filas de humillación que significa sacar o renovar una visa. ¿Entonces por qué hice la vuelta si es una humillación toda cula hacer los trámites para renovar la visa? Pues porque es una visa múltiple, familiar, y así hay que pedirla, si yo no la pido mis hermanos tienen que explicar mi ausencia, además porque mi mamá me presiona para que la renueve, además porque si ya lo he hecho dos veces más qué putas va importar hacerlo una vez más, además es cada cinco años que hay que renovar esa ñoñes (ya ves que sufrido soy. Al fin y al cabo para lo que yo he viajado a EEUU con diez años de visa: una miserable vez, a Nueva York un mes, hace nueve años). Igual la visa nos la renovaron y mis hermanos se fueron para Medellín ese mismo lunes.

Yo me quedé en Bogotá hasta el jueves en la mañana. Alcancé a abrir un nuevo sitio de venta de fanzines: Spooky House (Cra. 5 No. 21-84). Esto gracias a Rodrigo, que se ha convertido en una ayuda invaluable (sobre todo porque esa joda de vender fanzines no deja casi nada de plata y Rodrigo me ayuda por casi nada. Bueno, me ayuda porque es mi amigo, un buen amigo). Bebí con Rodrigo y Natalia el martes, en una bar cerca de la casa de Rodrigo; al rato Natalia se fue y nos fuimos a beber a una tienda hasta las 2:30 am (Creo porque salí muy prendido de ahí, aunque Rodrigo si salió borracho. Ay Rodriguito, no sabés beber, o por lo menos no hagás lo que hago yo: tomar ron y pasarlo con cerveza, esa es una combinación fatal para cualquier neófito). El miércoles, con algo de guayabo, me fui a la premiación de Daniel (sí, el mismo de Armenia), de una beca que se ganó con la Biblioteca Luis Ángel Arango. Se trata de una beca para hacer una investigación sobre el cómic en Colombia, Daniel me invitó a que lo acompañara y pues yo fui, buena por esa Daniel, una vez más felicitaciones y espero que te vaya muy bien con la investigación. En la Biblioteca Luis Ángel Arango tuve la oportunidad de hablar con su directora y ahí, por intermedio de Lorena (la misma de Armenia), pude dejar toda la colección de Cuadernos Gran Jefe y el libro de Robot para consulta en la hemeroteca, así que para quienes no tienen dinero para comprar los fanzines de la Editorial Robot pues los pueden encontrar en la colección de hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Luego nos vamos Daniel y yo a casa de Diego Guerra, ahí nos reímos, charlamos de cómics, cine, música y hasta literatura con Diego (ya ves, es que nosotros somos unos listillos, por eso hablamos de cosas interesantes, sobre todo de historietas), es una charla como muchas otras en casa de Diego: distendida, con muchas risas, muy gozada, por eso me he amanecido hablando y hablando con Diego en su casa. Aunque esta no fue esa vez porque yo tenía que volver a Medellín el jueves en la mañana, así que me despedí de Diego, me fui a dejarle unos fanzines más a Rodrigo y luego a la casa de mi primo, a empacar porque en la mañana rumbo de vuelta hacía Medellín.

Tomo el bus a las 10:00 am en la terminal de transporte con rumbo hacia Medellín, el bus sale pasadas las 11:00 am (maldito Expreso Bolivariano. ¿Cuál empresa de buses es buena entonces?). Después de tres horas de viaje sin contratiempos a la altura de Villeta nos encontramos con un retén de la Policía Nacional, nos dicen que hay un derrumbe en Guaduas, a dos horas de ahí, y que nos tendremos que quedar hasta las 8:00 pm para que den paso, eso quiere decir que permaneceremos en la carretera durante seis horas. "Y ahora qué putas hago yo en seis horas", los libros guardados en la maleta del maletero del bus, mi celular no tiene juegos (es un celular viejo, un coco como se le llaman a las cosas inservibles o casi inservibles aquí en Antioquia), no hay un restaurante cerca, solo caseríos y tienduchas. ¿Beber?, no qué pereza. En fin, duramos como media hora ahí en Villeta y nos dieron paso hasta Guaduas disque porque por allá si había donde comer, pero, qué va, estaba igual de desolado, había que bajar como media hora a pie para encontrar un sitio donde almorzar y yo me la pasé todo el tiempo decidiendo si bajar o no la media hora a pie y volver a subir media hora a pie hasta el bus. "Maldita Colombia, vi tus nevados en avión pero eso era en el aire, en el suelo estás cagada", rabiaba en voz baja.

Pues en el siglo XIX nos encontramos amiguito, aquí cae una lluvia, sea como sea, y se cerraron todas las carreteritas de Colombia. Si Medellín casi queda aislada hace como un mes a causa del invierno. Y cada sábado veo a Uribitas prometiendo más carreteritas en sus concejos comunales y yo te pregunto a ti presidente ¿dónde putas están esas carreteras? Arreglá tan siquiera lo que ya hay, un derrumbe pues y se paralizó media Colombia –por cierto, Uribitas tuvo un golpe fulminante y perfecto contra las FARC, por fin el Ejército Nacional uso algo de materia gris. Ahora todo el mundo disque ya quiere al Ejército Nacional y a la Policía, qué miedo tanto fanático suelto. Yo aquí sigo esperando por el golpe fulminante contra la miseria en este país, causa estructural del conflicto armado, en una operación que no se llama "Jaque" sino la archiconocida fórmula, jamás aplicada en Colombia, llamada Estado Social de Derecho (por lo menos bien por las familias de los secuestrados liberados, que dejaron de padecer esa tortura)–.

El bus empieza a moverse a las 6:30 pm pero después de tres horas de viaje se detiene a la altura de Puerto Salgar porque el bendito puente que padecieron mis hermanos de ida hacia Bogotá aún no lo han arreglado. "Nooo, pero esto si es el colmo". Llevado, como por una máquina del tiempo hasta el siglo XIX en Colombia, cuando los trayectos de Bogotá a Medellín se hacían a lomo de multa, me resigno a pasar mis horas sentado en un bus, metido hasta los huesos en mis pensamientos cual terapia contra la impotencia y temiendo ya, porque lo sospechaba desde un principio, que el cuento de Cortazar titulado La autopista del sur, se iba a hacer realidad en ese recóndito lugar de Colombia llamado Puerto Salgar.

Ya no me acuerdo a que hora salimos de Puerto Salgar, de lo que sí tengo memoria es que llegamos a las 3:00 am a Medellín. Un trayecto normal de Bogotá a Medellín dura entre nueve y diez horas, nosotros nos pasamos 16 horas metidos en un bus. Yo sé que no es lo más horrible, que otra gente la ha pasado peor, pero no por eso voy a salir contento, o resignado, de un viaje que casi me borra la raya del trasero. Lo único que calmó mi pasiva furia (no soy un hombre que exploto en rabia, tan sólo me dan mucha rabia las cosas y ya. Luego escribo o dibujo, por ahí sale toda la frustración) fue llegar a Medellín, a mi ciudad, mi niña que tanto quiero y, a veces, tanto odio. La que tiene el tamaño justo a mi medida: ni muy chiquita como Armenia, ni muy grande como Bogotá.

Uff, qué largo, espero haber compensado un poco, con este largo recuento, mi larga ausencia querido Diario.

Hasta pronto.

3 de julio de 2008

 

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